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José Avilés Marín entrega un reconocimiento a la maestra Judith Pérez Romero, anteanoche, en el homenaje que recibió de la comunidad artística yucateca

José Avilés Marín entrega un reconocimiento a la maestra Judith Pérez Romero, anteanoche, en el homenaje que recibió de la comunidad artística yucateca

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Judith Pérez Romero Recibe Homenaje

Fuente: Diario de Yucatan

Desde que era muchacha atrajo la atención cuantas veces tenía ocasión de interpretar al piano cualquier cosilla.

Finalizaban los años treinta y los meridanos, afectos a fiestas familiares en los suburbios, la vieron resaltar por su impecable oído, su fresco tratamiento de bambucos, guarachas, pasodobles y boleros a la moda.

—¡Que toque Judith..! Se asoció más tarde con otras mujeres aptas para el ritmo, decididas a no dejar sin amparo la jovialidad distintiva de la juventud. Llovieron los aplausos, cambiaron nombres de batalla y escenarios, viajes hubo, corrieron las décadas, su estilo adquirió tintes legendarios y las voces insistieron: —¡Que toque Judith..! Anteanoche, en el Teatro José Peón Contreras —por iniciativa del Instituto de Cultura—, la comunidad artística de Yucatán, evidenciada por más de una treintena de intérpretes y la Orquesta Típica Yukalpetén, formalizó encendido homenaje a Judith Pérez Romero, pianista, compositora y tenaz misionera de la canción yucateca por el anchuroso mundo.

Dos horas resultaron insuficientes para conferirle a Judith la impronta de la gratitud ciudadana. Precarios lucieron los aplausos para un legado como el suyo. A sus 90 años, entre la impetuosidad de tanto intérprete, sin aturdirse por luces, auxiliares y ramos de flores, la pianista subió al escenario y exhibió sus pertrechos “para sólo un ratito”. El teclado reconoció su tacto y deshizo cualquier posibilidad de duda, olvido o abandono. Ni por un minuto se postergó el encanto. Con sabia sencillez, Judith abrió puertas a las tibias rosas y los besos de temible huella. Revindicó los cauces de la pasión irrenunciable, otorgando dadivosamente, una vez más, la experiencia fundamental de su propósito interpretativo. En breves instantes, con vivos compases, resumió su prolongado tránsito por las comarcas de la melodía popular, congregó lirismos esparcidos. Fue ella misma. Elegante, dueña de sus facultades. La de siempre. Por motivos de franca economía espacial, no por huraño, el cronista evitará precisar los nombres de los numerosos artistas que ofrendaron el homenaje, en su mayoría con prestigio bien ganado. Hubo cálidas voces de mujer, barítonos amabilísimos, cuartetos perfectamente avenidos, animosos tenores, rondallas de universitario cuño, congregados todos alrededor de la dama que es todavía un ejemplo. Institución muy preciada, con pergaminos nacionales y laborioso pasado, la Orquesta Típica acompañó el actuar de todos los homenajeantes cual obstinada centinela. El ritual de la ceremonia se atuvo a la voz del minucioso e infalible maestro Luis Pérez Sabido. Nada faltó. Hubo cariño, respeto, dulce melancolía, y, clarísima señal, sobrevivió el remoto deseo: —¡Que toque Judith..!— Jorge H. Álvarez Rendón


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