Víctor Salas
Alonso Gutiérrez nació para el buen prestigio. Y las artes visuales. Joven, ya era maestro de la escuela de Bellas Artes, desde donde partió para residir y continuar estudios en París, Francia. Hablo del siglo XX, ahí por los años sesentas.
Residente de nuevo en su tierra, desde hace muchos años, se ha dedicado en exclusiva a la pintura. Eso es loable y plausible. (¿Quién como él?). Ha compartido sus conocimientos sin escatimar nada, sin ocultamientos. Sería difícil precisar cuántos alumnos han pasado por su taller. Pero al parecer, las cosas han mutado y este junio de 2010, presenta a un buen grupo de sus alumnos con una muestra de composición, interesante. Propuso un tema para los trabajos de los estudiantes y éste fue lo marino. Desde esa perspectiva los alumnos del taller de Alonso, nos presentan el vuelo de las gaviotas, el reposo de unos pelícanos, barcas, oleaje visto desde la altura del muelle de Puerto Progreso, flora marina, cardúmenes, tareas de pesca, rostros de pescadores e interpretaciones abstractas muy coloridas y equilibradas. Todo, con el mejor de los gustos. No hay desfogues ni exabruptos, ni la “genialidad” innovadora. Hay escuela, técnica, la búsqueda del desarrollo de la individualidad y una aplicación profesional del óleo.
Como en todo, hay buenos y mejores. La dedicación en el arte influye en el producto final, el tiempo también, y ni qué decir del talento natural. Sin embargo el valor indispensable es el del mundo de las ideas, sin las cuales la cualidad creativa significaría nada.
Alonso Gutiérrez no propone la temática costumbrista. En su estudio no deambulan ni mestizas ni campesinos, pero sí otras tareas del humano, tareas que ejecutamos usted o yo, en cualquier momento de nuestras vidas, pescar u observar una puesta de sol o la floración de un árbol. Esos son temas intemporales y sin geografía, son historia continua en cualquier rincón del orbe, entre cualquier clase social e intelectual.
El taller de Alonso Gutiérrez es nutrido por mujeres, así nos encontramos con Ana Ombelina, Chela Echeverría, Pilar Díaz, Silvia Medina, las niñas María Eugenia Ponce y Andrea Pasos. Otras estudiantes son: Elizabeth Pasos, Mercedes Zaragoza y Patricia Gáber. Hay un solo exponente: Armando Torre.
El trabajo de todos los estudiantes es de buena factura y con los distintivos que he señalado; sin embargo hay algunos que destacan por su capacidad composicional. Ana Ombelina utiliza el cubismo para realizar un apiñamiento de barcas por demás interesante. De una de ellas, van surgiendo las demás y en diferentes dimensiones. En esa vertiente va el trabajo de Silvia Medina, quien presenta una barca de pescar con tres mujeres, dos de ellas con posturas enigmáticas, mirando a la presa. La otra jala el manubrio del motor. La composición es realizada desde arriba, dándole al observador una sensación espacial muy especial.
Elizabeth Pasos presenta una barca en la inmensidad del mar. Solitaria. Mecida con suavidad. De tonalidades del emplaste, azul, haciendo que la barca sea parte integral del agua, se incorpore a ella. Ella misma realizó un pescado en rojo que consiguió con unos cuantos trazos de esa masa cromática.
Antes de entrar a la sala de exposición, uno es recibido por una obra del propio Alonso Gutiérrez, con la temática que él propuso a sus alumnos: lo marino. La mano del maestro se disfruta ya que nos muestra todo detalle de un atardecer con lluvia lejana, esa que apacigua el mar en sus profundidades. Nos muestra a un pescador adulto y dos niños interesados en el entorno. Los trazos de la barca son de una fuerza contundente y realizados en colores brillantes y gruesos, consiguiendo dejar asentado lo que le es necesario a dicho transporte para soportar la fuerza bárbara del mar.
La exposición se encuentra en la Casa de España, el bello Itzimná. Hay que visitarla. Es imprescindible