Carlos Monsiváis –pocos lo saben- era un apasionado de la danza. Participó con la conferencia magistral de apertura del II Encuentro Latinoamericano de Críticos de esa manifestación artística en San Luis Potosí. Hizo varias afirmaciones que casi en su totalidad son vigentes diez años después. Ese último fin de semana de septiembre de 1998 discutió públicamente con Raquel Tibol. El “divo” de la Colonia Portales multiagasajado por sus 70 años de vida, en aquel momento no pestañeó siquiera ante el numeroso público que se dio cita en uno de los salones del Instituto Potosino de Bellas Artes (IPBA) durante el XVIII Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López, el de “la intensidad” como fue catalogado por uno de los críticos asistentes. Eso sí fue modesto cuando empezó su intervención: “Esta plática es de parvulitos. No esperen una conferencia magistral. Yo aquí vengo a aprender”. La reflexión del escritor que lo mismo hablaba de política que de cine, se inició en torno a varias preguntas: ¿Por qué la danza en México no tiene el público que merece? ¿Qué sucede con una disciplina artística tan de moda en tantas partes del mundo que no atrae la asistencia y la atención que merece? ¿Por qué pese al interés de grupos, coreógrafos, escuelas, festivales, maestros, espectadores y críticos, la danza aquí continúa sin el reconocimiento crítico a que es acreedora? Después de 60 años de danza contemporánea, dijo Carlos Monsiváis, la meta sigue siendo llenar las mil 200 butacas del Palacio de Bellas Artes. La constante hasta este momento ha sido, la indiferencia –socarronería asistencial- de las autoridades; criterios de rentabilidad neoliberal de la danza, que sólo los ballets folklóricos garantizan; debilidad del movimiento crítico, que no ha conseguido persuadir a los coordinadores de las páginas culturales de los diarios para que subrayen e iluminen lo que consideran más relevante; imposibilidad de un star system –que pese a todo lo considero necesario-; sobra de propuestas conceptuales, que minimizan el valor de la danza; precariedad económica, que obliga a los bailarines a trabajar en lo que puedan; concentración de estímulos en la ciudad de México y ausencia de un público de danza perseverante y entusiasta, que se convierta en el caudal complementario; memoria y admiración, fidelidad y exigencia, de la tradición dancística de México. De lo dicho por el autor de “Amor perdido” (casi) todo sigue vigente. Con una salvedad. Me refiero a la cuestión económica. El Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) a través de diversos programas ha venido apoyando en estos años a la danza mexicana, lo que ha permitido que logren sobrevivir grupos como Delfos en Mazatlán, Antares en Hermosillo y Lux Boreal en Tijuana. ¿Suprimir o apoyar la danza? En esa tarde lejana, Carlos Monsiváis dibujó perfectamente a los funcionarios culturales y su relación con el arte de Terspícore. Expresó: No suprimen la danza, tampoco la quieren apoyar, ésta es la paradoja. El desarrollo de las escuelas de danza es lento, y las compañías extranjeras no contribuyen a enriquecer la cultura balletística, entre otras razones por la debilidad de la crítica. No me refiero a la calidad de las notas, que es muy variada, sino a lo publicitario. No veo en la gran mayoría de los críticos de danza en México la convicción propagandística. Grandes compañías han venido al país y no han alcanzado la condición de noticia. Ejemplo actual: la presencia de la gran bailarina mexicana Elisa Carrillo Cabrera, estrella en Alemania y Europa. Lo anterior sigue siendo así en la actualidad en la república dancística, que se caracteriza por varios funcionarios culturales que efectivamente no quieren a la danza, pero tampoco la hacen a un lado. El ejemplo más significativo está en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), donde las crisis en la formación y la investigación dancística, los tiene sin cuidado. En cuanto a la situación de la crítica de la danza en las secciones culturales de los diarios y revistas capitalinas es (casi) inexistente, salvo dos críticos que escriben de manera regular y otros tres que lo hacen esporádicamente. En las décadas de los 80 y los 90 del siglo pasado los críticos llegaron a rebasar la docena. Debido al desdén que ejercen sobre la danza los coordinadores de las secciones culturales, se han abierto otras posibilidades, donde se comienza a ejercer la crítica de una manera sobre todo más inmediata que en los diarios. Me refiero a los portales de Internet como por ejemplo danzadance que coordina de una manera eficiente y profesional Rocío Barraza y al fanzine que se realiza en la Muestra Internacional de Danza Contemporánea / Cuerpos en tránsito, organizada por el Centro Cultural Tijuana (CECUT). El escritor que causó gran revuelo entre los periodistas potosinos, quienes lo entrevistaron sobre la política mexicana del momento, hizo un recuento de la historia de la danza contemporánea. Del “momento eléctrico” que vivió la danza moderna a finales de la década de los 40, marcado por el nacionalismo. En ese entonces –precisó el autor de “A ustedes les consta”- se pudo construir un espacio donde lo folklórico no lo fue todo. La danza contemporánea –llamada moderna- convocó a lo hierático indígena, a las mitologías prehispánicas, a la sensación de drama nacional –porque existía la idea de que lo nacional está ligado a lo dramático-. En lo temático estuvo presente la furia de los sentimientos del pueblo despojado, las peleas de gallos, las peregrinaciones y las mandas. El público acudía y se formó como espectador de danza con la conciencia de apoyar y admirar un movimiento que fue comunitario y nacional por los temas y el énfasis, pero que también fue universal, por el desarrollo coreográfico. Hubo una genuina excitación que rodeaba a los estrenos y a las obras ya probadas. Después, sin esperanza de aumentos salariales, -expresó el multihomenajeado escritor- sin apoyos de consideración, sin escuelas bien establecidas, sin proyecto coreográfico claro se forjó una mística por una generación de creadores conformada por Guillermina Bravo, Josefina Lavalle, las hermanas Nellie y Gloria Campobello y Ana Mérida entre otros, que se robusteció con giras, estrenos de obras, que se dieron como acontecimientos culturales, y apoyos de dramaturgos como Emilio Carballido, músicos como Rafael Elizondo y críticos como Raquel Tibol. El Ballet Folklórico de México, que fundó y dirigió hasta su muerte Amalia Hernández, precisó Carlos Monsiváis, se volvió una institución cuya mayor ventaja y cuya enorme desventaja es el éxito que al mismo tiempo anima y paraliza. El espectador de esta compañía y de otras similares muy ocasionalmente es un público de danza. A estas funciones sólo acuden turistas nacionales o internacionales en búsqueda de lo nacional entendido como lo costumbrista. No menosprecio lo obtenido. En momentos hay virtuosismo y brillo. Carlos Monsiváis –quien tuvo una relación estrecha con el Ballet Nacional de México que dirigió Guillermina Bravo, para el que escribió presentaciones en programas de mano- consideró que las décadas de los 80 y 90 del siglo XX, son “años amargos” porque a pesar del talento y la decisión de bailar, que quebrantaron e hicieron desaparecer los prejuicios sexistas y homófobos sobre los bailarines, el poder de convocatoria fue arma de dos filos: inmovilizó el snobismo legítimo y suspendió las ganas de creer de los espectadores mexicanos. Decapitación del pasado Acerca del sitio marginal que ocupa la danza en diversos medios como las secciones culturales de los diarios, -el admirador de La Cebra Danza Gay y su director José Rivera, a quien lo unía una profunda amistad-, expresó que todavía no se constituye la tradición dancística en México, no por carencia de talentos o movimientos generosos y abnegados, sino porque la noción de tradición no fluye normal y continuamente ni en escuelas ni en compañías. Hay una decapitación del pasado que está resultando muy nocivo para el desarrollo de la danza en México. Para Carlos Monsiváis en el desarrollo dancístico mexicano se avanza y se retrocede; la consolidación deberá venir del esfuerzo conjunto de creadores, funcionarios culturales, críticos de danza y públicos específicos. No estamos como al principio –aseguró el autor de “Yo te bendigo vida. Amado Nervo: crónica de vida y obra”- pero nos falta que el público que ya hay estimule al resto; nos falta también persuasión para que los críticos de danza conviertan algunos estrenos en noticia, y el hecho mismo del movimiento danzario en México en una noticia de la esperanza y la renovación de la cultura. La idea de la decapitación del pasado de la que habló Carlos Monsiváis puede sonar aterradora. Para construir la noción de la historia de la danza no bastan los libros que se publican sobre esto y que todavía son insuficientes, es necesario un fuerte impulso a los cursos de esta materia en las escuelas profesionales y facultades universitarias de danza y en los seminarios y talleres de la república dancística. Otra arma para aniquilar al olvido, un lastre que impide la consolidación del concepto de tradición dancística como un ejercicio cotidiano, es la fundación de (pequeñas) bibliotecas de danza que viene incentivando en todo el país Patricia Aulestia a través del CIAD (Consejo Interamericano de Profesionales de Danza). ¿Los bailarines pueden ser unas estrellas? Aquella tarde memorable, Monsi –quien ha develado varias placas y asistido a funciones de Barro Rojo Arte Escénico-, al cuestionarse por qué la danza no tiene el público que se merece dijo que eso tiene que ver con una ausencia de convicción propagandística. Ante el asombro de muchos de los ahí presentes, entre otros Raquel Tibol, propuso la adopción del star system, que implica poner los reflectores sobre los bailarines destacados para volverlos “estrellas” con la utilización de los medios electrónicos de comunicación. Raquel Tibol con una hoja de papel y el micrófono en la mano derecha y una pluma blanca en la izquierda, cuestionó a Monsiváis. Le dijo que su propuesta de convertir a los bailarines en estrellas era banal y errónea, puesto que el problema de la danza era mucho más complejo y no se limita a un simple asunto de difusión. Carlos Monsivías habló de la problemática que envuelve a la danza en México: la ausencia de la tradición dancística en escuelas y compañías, la decapitación del pasado, la falta de apoyo económico y la carencia de un público que llene los teatros, entre otras cuestiones. La propuesta de Carlos Monsiváis ahí está. Durante diez años nadie la ha tomado en cuenta. La realidad es que para los medios de comunicación no existe la danza, salvo en algunas excepciones, como el programa Animal nocturno de Ricardo Rocha en el Canal 13 de Televisión Azteca. Despué Monsivais acompañado por algunos amigos potosinos se trasladó al Teatro de la Paz. Ahí unos adolescentes de secundaria se acercaron para pedirle un autógrafo. Una vez terminada la función, durante la cena en el céntrico restaurant La Parroquia, fuera del bullicio festivalero, entre bromas y risas, dijo que iba a proponer a Raquel Tibol para que le dieran la medalla de la última palabra en Los Pinos. Después fuimos a la Disco Sheik, donde al llegar el superconocido escritor pararon la música, le aplaudieron, le dieron la bienvenida por micrófono. Y yo tocándole, diciéndole con insistencia: “Que se me pegue, Maestro…”
(1) En los tiempos de la campaña presidencial de AMLO me encontré en un restaurant cerca de San Ildelfonso, donde hubo una reunión de cultura, a CM. Entusiasmado me contó que abíua conocido al bailarín Erick Montes en NYC. (2) Un Día Internacional de la Danza en el Cenart de la sala de prensa llamé a CM. Me dijo mi amigo Rubén Reynier: invítalo que venga. Así fue. Vimos a La Cebra Danza Gay en un teatro llenísimo. (3) Etc. etc...