Carla Dirlikov como Carmen. Detrás, a la izquierda, el tenor Rodrigo Garciarroyo (Don José), anteanoche


La mezzosoprano Carla Dirlikov se adueña de Carmen
Desde que Carla Dirlikov sale, llena el escenario como Carmen. ¿Y cómo no? Si aparte de una poderosa voz tiene sangre latina en la venas (su madre es mexicana) y no se mide en desprecios y desplantes para Don José (Rodrigo Garciarroyo).
Aunque sólo se trató del ensayo general, que casi siempre sirve para afinar detalles, fue posible percibir el nivel artístico y creativo que se quiere alcanzar con esta versión, incluso antes de correrse el “telón” (esta vez se usan paneles deslizables), donde encima se proyectan fragmentos de la letra de “La Habanera” (“L'amour est un oiseau rebelle”... el amor es un pájaro rebelde). Y luego, cuando se corren los paneles, vemos la última escena, terrible y definitiva, suspendida en el aire, flotando...
Resulta atractivo el recurso de correr la historia en “flashback” y de usar, en algunos momentos clave, ese mismo efecto de “cámara lenta” del principio. También resulta atractiva y eficaz la escenografía, sobre todo esas escalinatas que permiten acciones en varios niveles y son una plaza, los tendidos de la arena donde ha de torear Escamillo o las montañas donde acampan los gitanos, cubiertas de texturas (mantas) que luego sirven de “casas de campaña”. Musicalmente, los cantantes están a la altura de sus personajes y de la partitura. En el primer acto el bajo Wílberth Gardea tiene una breve participación como soldado y los niños (coro del Cecuny), graciosos y afinaditos, nos deleitan con sus travesuras. Aparece luego la soprano yucateca Claudia Rodríguez Vidal como Micaela y su voz ligera y cristalina se agradece, es como una luz en esta obra cargada de violencia.
Es importante destacar el contraste que se establece aquí entre Micaela, la virtuosa enamorada, prometida de Don José, y Carmen, la gitana liberal y de dudosa reputación, desde las tesituras de cada una hasta el vestuario, Micaela de azul celeste y manto blanco y Carmen de rojo fuego y ceñido corsé. Carla Dirlikov es una Carmen altiva y seductora, se pasea por el escenario con garbo de auténtica gitana y desde “La Habanera” se apropia de la ópera completa. En el primer acto también son memorables las arias “Je reviendrai quand la garde montante va remplacer la garde descendant” (Micaela) y el dueto de Micaela y Don José “Ma mère, je la vois”... “o souvenirs d'autrefoi”.
En el segundo acto, la escena en la taberna, hace su aparición Escamillo (Jesús Suaste) y no faltó, tal y como lo había predicho el bajo, quien tarareara entre el público la letra del “Toréador en garde”. Las palmas estallaron al final para él. Declara su amor En este acto es deliciosa el aria de Don José (“La fleur que tu m'avais jetée”... “la flor que me tiraste”) con la que declara su amor a Carmen. El tenor Rodrigo Garciarroyo la interpreta con sutileza y nos ofrece, a lo largo de esta obra, a un Don José enamorado y manipulable. Se le vio, sin embargo, todavía algo contenido en el ensayo, como midiendo fuerzas, en contaste con la violencia implícita en la actitud de Carmen.
En el segundo acto disfrutamos la participación del ballet María Magdalena, que dirige Giovanna Mézquita, y que le dio ese aire de fiesta española al festejo en la taberna.
En el tercer acto, en el marco de una noche casi en tinieblas, borrosa, como veríamos las cosas sin estrellas, resalta el trío de Frasquita y Mercedes ( Estela Alcocer y María Eugenia Guerrero) con Carmen y el aria “Je dis que rien ne m'epouvante” de Micaela. Es aquí donde Carmen se entera, al echarse las cartas, de su próxima muerte: “En vano evitarás las respuestas amargas”, dice. Ése es el destino, cuyo tema está presente siempre en la partitura, implacable, casi como un personaje más.
En el cuarto acto, el último, Carmen se enfrenta a ese destino fatal que ya conoce. Don José la espera para tratar de recuperarla (la gitana ahora es la conquista del torero Escamillo). Le dice: “Déjame salvarte y salvarme a mí”, como si ella fuera algo que debiera salvar cuando lo que ama, precisamente, es su libertad, libertad que en cambio nunca ha conocido Don José, esclavo de los celos y de sí mismo. En esta ópera, una vez más, la Sinfónica de Yucatán y los coros son motivo de orgullo, bajo la dirección de Juan Carlos Lomónaco (Eunice Medina y Luis Luna Guarneros dirigen a los coros de niños y adultos, respectivamente). Llovieron las ovaciones para toda la producción.
Para el público en general están programas seis funciones de esta ópera, a partir de esta noche, en el Teatro José Peón Contreras.— patricia garma montes de oca