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Aplausos a Berislav Skenderovic y Luis Mora con la OSY

CULTURA - Cultura. 09/05/2010
Fuente: Diario de Yucatan

Temperamento eslavo

Nada menos que un director serbio —Berislav Skenderovic— llegó con holgura de tiempo y suma paciencia —no habla mucho español, calor de 40 grados— para presidir, en el Teatro Peón Contreras, el noveno concierto de la XIII Temporada de nuestra afanosa orquesta sinfónica.

Por lo consiguiente, el programa que escuchamos anteanoche resultó dominantemente eslavo: una rotunda y problemática obertura de Shostakovich y unas danzas vivísimas de Sergio Rachmaninoff, piezas a las que se agregó, en la parte central, el concierto para clarinete del mexicano Eduardo Gamboa que el muy diestro Luis Mora reprodujo como solista.

Como mi difunta abuela hubiera dicho: ¡Pásumecha, en qué lío se metió don Dimitri! Le encargaron una obertura para celebrar los treinta años de la revolución bolchevique y ven ustedes que redacta una obra que se alejó kilómetros de los gustos socialistas y los deseos expresos de José Stalin (que era muy saludable no discutir). El músico mantuvo discretamente la tonalidad, mostró gusto por la forma sonata clásica, apenas si utilizó el cromatismo impresionista, se dio de bandazos entre herencias de Stravinski y Mahler, pero, sobre todo —¡háganme el favor!— empleó la fanfarria con trompetas y tubas, evocadora de torreones medievales, señoríos decadentes, avance de carrozas con duques y condesas, ofensivos lujos ante la miseria del proletariado con sólo un mendrugo de pan por alimento.

Al final, para los censores del Soviet supremo, la Obertura Festiva Op 96 resultó con “graves y lesivas desviaciones”, un ejemplo de lo que no debe ofrecerse al pueblo. Escrita en 1947, sólo se pudo ejecutar hasta 1954, cuando al maligno dictador lo desobedeció la muerte y tuvo que ocupar su lugar junto a la momia de Lenin en la Plaza Roja.

Nuestra orquesta ofreció una versión clara y si acaso encendida de esta obertura, interpretada ahora con mucha frecuencia en todos los continentes. Algunos hasta quieren considerarla como “desafío intencional” del compositor, lo cual es muy poco probable, puesto que los esbirros le quitaron todo: sueldos, habitación, cátedras, viajes al extranjero, cablemás, etc...

Gamboa, en Mérida Entre cubano y mexicano, Eduardo Gamboa es un compositor de ahora que ha oscilado entre varios niveles del arte musical, incluso en partituras para cine y televisión, con extensa educación en el folclor y fórmulas académicas. Anteanoche estuvo presente en la sala para seguir la ejecución de su rítmico concierto para clarinete, estrenado apenas hace tres años por la Sinfónica de Jalapa y que consta de tres partes: Tejocote, Caipirinha y Mangue.

Maduro y poseedor de una modélica flexibilidad, Mora acomodó el timbre del seductor instrumento a las demandas de esta pieza, sabrosa como un cesto lleno de frutillas tropicales y que se escuchaba por primera vez en Mérida. Ahí donde Gamboa desatara pasión, el solista recogió acentos a manos llenas. Donde se escondieron arroyos reflexivos, matices en tesitura media bordaron la idea iluminante.

En todo momento, entre un crisol de sones veracruzanos, bossanova y algo del afrocaribeño guaguancó, Luis ejerció magistral tutela sobre las propuestas rítmicas y melódicas.

Nuestra orquesta —atenida a las exigencias del director visitante— se mantuvo en el oleaje, certera y con buen color. El público confirió los más justos aplausos al elocuente clarinetista y, claro está, al compositor.

A don Sergio, el régimen stalinista jamás le extendió salvoconducto para retornar a Rusia, ni siquiera de visita y con su tarjeta American Express. Por ese motivo, la última pieza de su existencia —Danzas Sinfónicas Op 45 (1940)— transpira nostalgia y sintetiza el progreso rítmico y melódico definitivo de un compositor formado en la vieja escuela de Rubinstein, Borodin y Tchaikowski, emigrado político a Estados Unidos en 1917 y eterno buscador de un lenguaje propio entre las convulsiones estilísticas del siglo XX.

“Señor, gracias te doy por todo”, escribió Rachmaninoff en el manuscrito de la composición sobre la cual Berislav fraguó una versión que ha conservado esos contrastes de cristal y hierro con los cuales la obra perfila su rotunda integridad. Sucesión de ritmos, acústicas sorpresas, fosforescentes acentos.

Nuestra orquesta, en la primera sección, recreó murmullos y tormentas; dio apoyo para el desembarco de temas vagamente eslavos, cual lejanos valses, durante la segunda parte, y estalló con nobles entusiasmos, incluso ecos religiosos, en la porción final. Las abundantes palmas fueron seña de la satisfacción general. Parece que el director serbio cayó en gracia de público e intérpretes. Lo que sí, el visitante sudó la gota gorda y todavía le falta el recital del domingo al mediodía (con pronósticos de 42 grados).

¡Gracias sean dadas por tanta belleza! Nos aseguran que, el próximo viernes, nuestra sinfónica intentará los malabares de alquimia necesarios para extender los pliegos de la Sinfonía “Heroica” de Beethoven y así aromar nuestro mes de mayo. Aparte, está la Pieza de Concierto Op 86 (o Koncertstük, en horrendo alemán) para cuatro cornos que rescatara Schumann de su genial, pero ya desvariante memoria. Prometedor horizonte...— Jorge H. Álvarez Rendón


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