Por Hortencia Sánchez
Por esto!, sábado, 25 de julio de 2009 Cuando
era muy pequeñita soñaba con encontrar en mi camino a un gran hombre
que supiera cómo llevarme al cielo, que pudiera darme todas las
respuestas, pero sobre todo, que me hiciera inmensamente feliz.
Durante
muchos años encontré sobre las avenidas algunos hombres de hierro,
nunca vivieron conmigo, tenían una encomienda más importante: alegrar
la vista, llamar la atención hacia el paisaje urbano, pero
principalmente acercar a la mayoría de personas a contemplarlos, a
disfrutarlos, a tocarlos.
Durante varios años, unos siete según
me acuerdo, transitaba la avenida y miraba sus formas a lo lejos, me
llamaban de tal manera la atención que pronto decidí andar muchos días
toqueteándolos sobre la avenida. Quería, como seguramente muchas otras,
palparlos, acariciarlos, disfrutarlos.
¿Qué es lo que nos lleva
a confiar en el ser humano? ¿Su inmensa capacidad de crear o destruir?
¿Su facilidad para hacernos creer en su sueño? ¿El compromiso que tiene
con una comunidad, para proporcionarle experiencias significativas y no
engaños?
Quisiera que hubiera sido posible continuar mi viaje
mirando a muchos más hombres, de los que me hablaban con la verdad sin
necesidad de pronunciar palabra; sólo me dejaban mirar sus formas, su
rostro impasible, su estar estáticos para que yo los disfrutara. Nunca
me dijeron de propia voz palabra alguna, pero sus creadores los dotaron
de algo más grandioso para lograr comunicarse con nosotros, ya que
ellos manejan muy bien la técnica, el discurso, por lo que logran crear
entre el espectador y la obra una comunicación indisoluble.
Los
hombres que nos mandaron a través de otros nuevos hombres, “Hombres de
Hierro”, su discurso, su poética, su búsqueda, no podían tirarnos un
discurso banal para justificar su obra, la obra en sí hablaba.
Me
agradó muchísimo esta experiencia de poder encontrar en el arte
verdaderos creadores, que le apuestan a crear a partir de una búsqueda
comprometida, alejados del artificio, del efectismo, o de la ingenuidad.
La
obra se defiende a sí misma, surge, se eleva, comunica y conmueve al
espectador; no lo engatusa, no lo corrompe y mucho menos lo aburre.
Mis
“Hombres de Hierro” jamás han necesitado de mis múltiples halagos,
ellos partieron con la sonrisa puesta, habían logrado su cometido,
trasformar nuestra cotidianidad en un encuentro significativo e intenso
con la creación.
Hasta pronto, hasta algún día en que, sin duda,
me toparé con ellos en otra ciudad, otra plaza, otro país. No obstante,
me encantaría volver acariciarlos en nuestra tierra caliente, amorosa,
inolvidable.
Durante este año no habrá exposición en el Paseo de
Montejo, sin duda tuvo que ver con las tormentas que bañaron a la
última exposición, pero lo sabemos, el tiempo, la lluvia, la calma, en
algún tiempo vendrán, sólo nos queda abrir el paraguas y continuar
felices buscando el mejor camino.
ritualteatro@hotmail.com