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Alfredo Arjona escribe su nombre en la historia de la interpretación pianística

Víctor Salas

Fuente: Por Esto!

Para tocar a Piotr Ilich Chaikovski o Pyotr Il'ich Chaikovsky (en ruso: Пётр Ильич Чайковский, pronunciado [ˈpʲɵtr ɪlʲˈjitɕ tɕɪjˈkofskʲɪj] hay que ser suave como una maja tendida y fuerte, y furioso como otros personajes goyescos. Para decir Piotr Ilich Chaikovski o Pyotr Il'ich Chaikovsky se deben tener los destellos de la hembra y las fibras expuestas del hombre. Esto nos lleva a un compositor de extremos, fiel y pagano, violento y calmo. Suave en la poesía, veloz y arrebatado, en el discurso extenso. Las partituras de Chaikovsky, quizá, tendrían parangón en los textos Shakesperianos: dulces y portentosos, poéticos. De poesía apasionada. Furiosamente humana.

 
Las manos del pianista yucateco Alfredo Arjona poseen esa cualidad de dualidad, de ir a momentos extremos con maestría y precisión para dejar expuesta la comprensión que tiene del Concierto para Piano No. 1 de Piotr Ilich Chaikovski o Pyotr Il'ich Chaikovsky. Porque para hacer lo que él hizo, con esa pieza pianística, no sólo hace falta tener dominio técnico, sino además un abundante espíritu capaz de ir a los hilos más intrínsecos de la obra, el compositor, el instrumento y toda la gama expresiva necesaria para hacer clic, con todos aquellos que permanecen silenciosos e impávidos, ante el fenómeno de las manos arjonistas: fuertes, poderosas, esbeltas, dóciles, obedientes, mayúsculas y cultas.


Alfredo tuvo un éxito poco usual en el Peón Contreras, al interpretar el Concierto No 1 para Piano del compositor ruso. La ovación era fácil de predecir. La atención, el placer de la audiencia lo hacían notar y lo dejó sentir al finalizar la primera parte de la obra, al lanzar una larga andanada de aplausos y algunos bravos, reacción del público yucateco que siempre desconcierta terriblemente a Juan Carlos Lomonaco, quien lanzó una mirada de ¡ni modo!, al pianista, que tuvo un gesto de amabilidad al voltear a ver la sala y bajar la cabeza en señal de gratitud. ¿Qué le vamos a hacer? A mí me encanta que los yucatecos aplaudan cuando les plazca, al final del primer o tercer o segundo o cuarto movimiento de la obra que sea. Somos pasionales e irrefrenables. Nunca incultos. Sabemos que la costumbre es aplaudir hasta el final de la pieza, pero ¿si el sentir colectivo quiere expresarse, debe inhibirse o reprimirse nada más por los mandatos ancestrales? ¡Al demonio!, mi espíritu lo quiere y no lo voy a amarrar. Yo también soy de los que aplauden y gritan bravo; me siento bien haciéndole sentir al intérprete que hizo un magnífico trabajo en ese punto de la obra, la cual antes de terminar, ya tenía al público de pie, con una ovación larga y al unísono ¡bravo!


Los largos huesos de Alfredo Arjona se pusieron de pie, la barba –a la despreocupé- acentuaba el estilo de obra y le daba una imagen de un artista que juega a los extremos, al descuido y la elegancia simultáneamente. A la prisa y el remanso. Algo de eso hay en el concierto.


El candil del teatro se encendió. Es el Premio Mayor. Todos permanecieron de pie. Alfredo volvió a salir y recibió un largo ramo de flores que iban a tono con su esbelta y larga figura. Desapareció y un sonido poco usual en la sala se dejó escuchar: un rítmico, clap, clap, clap…que hizo regresar al artista yucateco para sentarse nuevamente ante el piano e interpretar una pieza fuera de programa.


Alfredo Arjona es de esos artistas que uno escucha y quiere volver a escuchar y escuchar siempre. Pero a él se le escucha y se le ve, porque se ondula, se ladea, se encorva al compás de la obra, porque sus manos trazan rítmicas figuras por todas partes de la geografía del piano, por abajo, por arriba, por los costados, en lo cercano y lontano. Esto sucede porque Alfredo Arjona tiene karma, soma, inglut, es dueño del duende de la pasión que es necesaria para comunicarse de manera permanente –y con calidad- con todos los que llenan las salas de arte.


Tengo la opinión de que el pianista estuvo muy por encima de la orquesta, la cual en puntos climáticos no tuvo el brillo necesario para ir a la altura de la sonoridad del pianista.


¿Qué creen? A pesar de que el “equipo de primerísima”, de comunicación social de la OSY, se nutre de información en la red, en la que se fusilan hasta en el enmarcado de textos de acotación, tienen errores que delatan una cultura muy superficial en lo referente a la música. En la biografía de Chaikovsky, asientan los de comunicación de la OSY, que “..entre las obras (de Chaikovsky), sobresalen…, La Cenicienta…” ¡Vámonos!, esa sí estuvo buenísima. Cinderella, (English); la Cerenterola, (rusky); o la Cenicienta, (Spanish) es Sergéi Sergéyevich Prokófiev (en ruso:  Серге́й Серге́евич Проко́фьев).


En la biografía de Daniel Ayala Pérez, aparece como imagen una fotografía de Blas Galindo Dimas, autor de Sones de Mariachi. Estos son errores garrafales e imperdonables porque si uno entra a la Web de Blas, ahí está la foto que imprimieron en el programa de mano que dice “Blas Galindo Dimas”.


Juan Carlos Lomonaco, en su habitual speach antes de entrarle a la orquesta, quiso hablar del trabajo desarrollado por don Daniel Ayala en Yucatán y no pudo decir nada más que el nombre de la “típica”. Eso sucede porque no está involucrado en la cultura yucateca que, con seguridad, le debe apestar. Si hubiera acudido al concierto de aniversario de la Típica Yukalpetén, hubiera obtenido datos suficientes para hablar de esa orquesta que es Premio Nacional de Ciencias y Artes, y poseedora de una historia sabrosa.


Bueno así son felices. Dios los hace y el diablo los junta. Que con su Escobedo se lo sigan comiendo. Así se mide la importancia de las agrupaciones…y de las personas.

 

 


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