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Entrevista a Oscar Oliva



Por José Castillo Baeza


Leer a Oscar Oliva significa, juro que es verdad, adentrarse en una Realidad Cruzada de Rayos. No bastándole al poeta el estallido con el que cada rayo (así, por separado) lubrica la percepción humana, se empecina en fabular la luz; en tejer el asombro con el trueno que se nos mete por los ojos atascándonos, como diría él mismo, de cielo. Porque no es sino a través de la contemplación que Óscar Oliva entiende el instante poético; por medio de su verso, imanta las diversas caras de la realidad para, luego de ser seducidas por la imagen, obligarlas al diálogo, orillarlas a volver pero ya impregnadas de saliva, de gritos.

-Maestro, a 50 años de la publicación de “La espiga amotinada” ¿Qué pensamientos le genera ver, desde la distancia, aquel movimiento poético?

Había en nosotros la necesidad estética de transformar los estereotipos de la poesía mexicana de entonces. Trabajábamos en correspondencia a la vitalidad que se estaba dando y gestando en los movimientos sociales genuinos como la huelga de los ferrocarrileros (1958-1959), que estremecieron al país, y dar este estremecimiento con formas poéticas que rompieran los viejos ropajes, por más hermosos que fueran, pero que ya no correspondían al espíritu, violento, de la época. Sin abandonar los temas más subjetivos y personales, de paisaje, de amor y solidaridad, dentro de una especie de evangelio furioso. Había que escribir poesía casi a golpes. Escribo como escupo, nos enseñó Blas de Otero.

Por supuesto, La espiga fue un arranque. Y aquellos jóvenes poetas con los que conviví intensamente, son, aún, parte de mí mismo.

-Los detractores del grupo de “La espiga...” se encargaron de encasillar a sus miembros bajo la etiqueta de estar comprometidos con una causa política. Hoy, a 50 años, ¿Qué fue lo que aportó, “La espiga amotinada”, literariamente hablando, a las letras mexicanas?

Claro que hubo detractores. No era posible que un grupo de jóvenes poetas tuvieran como arranque emotivo las luchas guerrilleras, la revolución cubana, comprometiéndonos con la historia agitada del momento. No era posible que no siguiéramos los caminos de la poesía con sonido crepuscular, ni la de las baratas confesiones existenciales, aunque estuvieran en los labios ya gastados de buenos poetas. ¿Lo que aportamos? Tal vez la cólera y el odio a una situación dada, ya muy enferma como país. Y el querer encontrar la sorpresa en todas las cosas, las más nimias y las más grandes; con los fuertes sonidos de las noches y de los amaneceres.

-¿Cómo sintetiza usted los aprendizajes que tuvo cuando estaba dentro del grupo? ¿Qué le aportaron a su trabajo individual?

Fue mi mejor escuela. Aprendíamos unos de otros, y muchos descubrimientos poéticos y artísticos los hicimos juntos. Aprendí a manejar una furiosa autocrítica. Que el oficio de la poesía es un trabajo permanente, para siempre. Mi trabajo poético está lleno de ellos, Juan, Jaime, Laco, Jaime Augusto. Me enseñaron rigor, precisión, descubrimos juntos a Elliot, a Pound, Perse, Vallejo, Góngora, Rilke, Rimbaud...Cuando obtuve el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes dije a un periódico: “Todo se lo debo a mis manageres”.

-En una entrevista publicada en La Jornada, Juan Bañuelos cuenta que usted junto con Eraclio Zepeda (y el propio Bañuelos) acostumbraban ir de jóvenes a escuchar recitar poesía en los bailes chiapanecos. ¿Relaciona usted directamente este hecho con el carácter conversacional, narrativo de su producción poética individual?

No. Para nada. Lo que dice Bañuelos es una anécdota, una cuestión graciosa. No me gusta mucho la poesía conversacional que se hacía en Cuba, Chile o Nicaragua. Lo narrativo viene a mi poesía por otras fuentes. Tal vez de Catulo y Juvenal, de Efraín Huerta y Jaime Sabines, y de las novelas y cuentos de José Revueltas. Lo que trataba de hacer era una mezcla de lo que me habían dado los autores antes señalados, con la llama herida de Quevedo y la noche oscura del alma de Juan de la Cruz. Esa era mi intención. Esa sigue siendo, pero ahora tratando de captar el espíritu actual de lo que estamos viviendo, con la velocidad con la que vivimos, atento a lo poco que puedo entender de la ciencia, de la tecnología, de los cambios, furiosos, de la naturaleza. De las nuevas guerras de aniquilación y de la violencia del narcotráfico y de los estados nacionales, dizque democráticos. De las ciudades pánico, de Paul Virilio.

-De su trabajo poético se ha afirmado que es “subrayadamente corporal”, una “poesía del cuerpo”. Al mismo tiempo, se dice que sus poemas cantan a una realidad histórica y colectiva. Sin embargo, destaca también la conciencia del acto creativo por parte del yo poético ¿Cómo entiende usted esta relación entre el poeta que escribe (y que se sabe escribiendo), su tradición y la propia individualidad?

Sí, creo que así ha sido. El poeta siempre debe estar sumergido en las nuevas realidades del desastre y de las nuevas pasiones con las que nos despertamos a diario. Y tratar de aprender cómo funciona nuestro pensamiento poético, cómo se genera en el lenguaje, cómo se hace conciencia oscura o clara, es lo de menos, en al acto creativo. En mi obra actual estoy tratando de desentrañar todo esto, apoyándome en lo vertiginoso de la información y del conocimiento, para estar en el encuentro y en el desencuentro del ethos nuestro, de todos, verdaderamente planetario; en la estancia del tiempo, que diría Paul Celan.

No queda sino cerrar con las mismas palabras que utilizó el maestro Oliva al final del discurso que pronunció en 1990, cuando recibió el Premio Rosario Castellanos por parte del gobierno de Chiapas: “Como poeta, trataré de ser un cronista de todo lo que sucede, sabiendo de antemano que la realidad es lo que no sabemos nunca. El mundo está abierto. Resplandece bajo las alas de un pájaro en vuelo”.

Por esto!, 19 de marzo de 2010.

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