Fuente: http://valmar1.blogspot.com/2010/03/autopsia-de-un-copo-de-nieve-sin.html?spref=fb
Conversar sobre el teatro en Yucatán, el teatro yucateco y el teatro que, de vez en cuando, nos visita, es hacer un ejercicio de matemáticas, de cuentas, de simple sumatoria. Una gran parte del año, Yucatán, Mérida en específico, se inunda con presentaciones que nos llevan a la lógica deducción de plantearnos una verdadera escuela de las tablas, como sucede en las artes fotográficas y en la literatura, cuya labor, y no me canso de repetirlo, es excelente y con una vertiente que otros estados del país no poseen, en cuanto a cantidad y calidad de producción.
Hace cuestión de unos meses, Diciembre del 2009, se estrenó en el Teatro Daniel Ayala la obra “Autopsia de un copo de nieve”, de Luis Santillán, dirigida a pulso milimétrico por el director Francisco Solís, quien establece en aquel paraninfo azul y leche, las relaciones masoquistas inconscientes de una madre y sus 2 hijas, tan inocentes como la exquisita enfermedad mental de su mamá.
Autopsia de un copo…es una obra donde el dolor se hace poesía cotidiana y donde un gran baño alberga tres almas que nadan entre la desesperación y la búsqueda de un pedacito de cariño entre ellas. La locura va comiéndose cada personaje liderados por una madre, interpretada magistralmente por Alejandra Argoytía, quien desde su perspectiva solo le interesa conservar una juventud que ve cada día más alejada, perdida entre las preocupaciones y las cremas que nadan en su cara sin efecto alguno. Las tres comparten aquel baño donde los fluidos y desgastes corpóreos salen a flote, se estrellan contra el espectador quien asiste a una sesión de psicoanálisis excelentemente estudiada y puesta en escena.
Catalina, la madre, deambula como un Ulises en su propio mar, en una aparente frialdad emocional ante los requerimientos de sus niñas. Natalikova, su hija mayor, reclama antagónicamente a la madre su abandono y sus crisis. Vive una juventud atrapada en un cuerpo vacío, sin encontrar fundamento en el que establecerse. Su interpretación está a cargo de Berenice Pérez quien, a pesar de decaer en momentos, trasmite el hastío, el cansancio y el terror de que una tragedia puede llegar algún día a la rutina exasperante de estos seres atrapados. Desiree Solís, por su parte, interpreta a una niña, de nombre Nicoleta. Ante el asombro del público y como un ejercicio teatral impresionante, Desiree se mete en la piel de esta niña, con una excelente técnica que desdobla a una mujer en la piel de una niñita abandonada, aparentemente sin darse cuenta de las tensas relaciones que se dibujan en aquel recinto y que aclimatan, en frio de nieve obscura, un clímax aterrorizante.
La estética de la puesta en escena es cumbre con colores básicos, neutros que remiten por momentos a un claustro de psiquiátrico más que a un baño de familia. La luz al igual nos ahoga. La jugada teatral es de jaque mate y nos va dando indicativos de un teatro que encuentra ecos en el cine de Bergman, especialmente en su film “persona”, donde actriz y asistente crean un mundo onírico de textos y miradas. Es ahí donde la obra se luce y donde Solís, su director, queda como un hacedor de maravillas con el texto, que cae sobre nosotros sin piedad como copos de nieve al desnudo.
Imprescindible en su vuelta a los escenarios. Hay que verla.

