LONDRES (EFE).— La segunda parte de “El fantasma de la ópera” llegó a Londres en medio de la controversia suscitada por los acérrimos seguidores de la primera versión, que consideran un “sacrilegio” dar continuidad a uno de los musicales más aclamados y perdurables.
Los incondicionales de la famosa pieza estrenada en 1986, que se hacen llamar “phans” (unión de las palabras fan y phantom, fantasma en inglés) vuelcan su enfado en internet, donde las malas críticas de la secuela, titulada “El amor nunca muere”, no han cesado desde hace varios meses.
El malestar es tal que incluso ha surgido un grupo en Facebook llamado “El amor debe morir”. Sin embargo, la animadversión de los “phans” parece no preocupar demasiado al creador de “El fantasma de la ópera”, el británico Andrew Lloyd Webber, a quien, orgulloso de su última creación, la marea de reproches no ha afectado después de haber superado recientemente un cáncer de próstata.
La idea de una segunda parte surgió en 1997, cuando Maria Björnson, escenógrafa de “El fantasma de la ópera”, le dijo que la historia no podía acabar así.
Para el premiado compositor, “El amor nunca muere” es una obra autónoma y no una continuación de la primera