EL MINERO Y LA LUZ.Charla con Manuel Iris
Por José Castillo Baeza
fuente: Por esto!
Martes 29 de septiembre de 2009. 2009.
El
visitador de hipogeos aparece en una esquina del parque de Santiago.
Guayabera en mano, parece venir saltando de verso en verso, a paso
encabalgado y con la prisa propia de las metáforas que, como relámpagos
fugaces, iluminan brevemente el cuarto oscuro de la realidad. Al cabo
de un momento me encuentro con él, es Manuel Iris, y la inercia de su
prisa nos lleva a recorrer por fuera el parque de Santiago, como si
fuésemos bordeando un poema con los pasos. Al fin nos sentamos en una
banca y las respiraciones recuperan su normalidad.
Algo encontró
Manuel Iris en su última expedición al Tártaro, algo hay en su rostro
que evidencia, tímidamente, el reflejo pálido de un gramo de luz que no
se encuentra por estos lugares:
—Una vez te escuché decir
“…cuando tenga la edad con la que debí nacer”. ¿Por qué consideras que
tienes el alma de un viejo en el cuerpo de un joven?
Sí, se me ha dicho. Creo que soy un joven. Lo que sucede es que
no me creo ese rollo de la juventud iconoclasta, de pelo largo y que
tiene que escuchar rock. Me molesta el estereotipo que nos hacemos y
nos creemos. No me gusta que mi literatura sea vista como joven, sino
que el libro se defienda solo. Cuando leemos a Jorge Cuesta o a Bioy
Casares con su Invención de Morel y descubrimos que esas grandes obras
fueron escritas antes de los 25 años, no se nos ocurre clasificarlas en
una antología de literatura joven, sino de literatura y punto. Nos
escudamos en la juventud para hacer las cosas a medias. A nadie se le
ocurre, por ejemplo, que la literatura experimental de Raúl Renán sea
considerada literatura joven y, sin embargo lo es; es joven en tanto
que es literatura viva. Borges hablaba del joven Virgilio; la
literatura es joven en la medida en que no envejece. Y en ese sentido
no me interesa ser joven si ello significa ser efímero, pero sí me
interesa ser perenne. En ese sentido, sí soy un viejito y eso me hace
contemporáneo de los escritores que admiro.
—Hace poco, en una
reunión informal, comentabas que en tus poemas buscas hablar de poesía
pero que casi siempre terminan saliendo poemas amorosos. ¿Cómo es para
ti la relación entre amor y poesía?
Lo que sucede es que para mí
la poesía está relacionada con todo, veo la realidad a través de la
poesía y, en ese sentido, la realidad que más me impacta es el amor
(…tal vez porque soy joven). Y es que uno no habla de lo que quiere,
sino de lo que tiene que hablar; no es algo que yo evite, pues estoy
condenado a hacer la poesía que yo hago, y eso es lo que puedo aportar.
Yo voy a hacer lo que el poema diga: si hay que hablar de amor lo haré,
pero si hay que hablar de otra cosa también lo haré. La poesía es la
que dicta.
—En tu poesía conviven diversas influencias
literarias (en algunos casos como en tu último libro, Cuaderno de los
sueños, incluso aparecen de manera explícita) y nos haces partícipes de
Píndaro, Rilke, Bonifaz, Alí Chumacero… ¿De qué forma amalgamas
poéticas distintas para incorporar los motivos a tu creación personal?
Sólo existe un tipo de poesía que no me gusta: la mala. La buena poesía no distingue poéticas.
Aprecio lo mismo un poema de Bonifaz que uno de Breton, porque los que
convergen en realidad son los sentimientos. Yo trabajo con palabras,
sí, pero ello no significa que escriba lo que diga Bonifaz, más bien
parto de lo que dijo él para entablar un diálogo; digo lo que tengo que
decir partiendo de lo que dijeron ellos. Si voy a hablar de amor, me
acompañan Garcilaso y Safo, por ejemplo. Las diferentes poéticas se
amalgaman como un orden escogido. Hay mucha escritura consciente y, en
ese sentido, hay poemas que se hacen necesarios para escribir lo tuyo.
En ocasiones me sorprendo contradiciendo algo que dice un poema que
adoro y, para mí, es fundamental llegar a ese grado de conciencia. Si
me pusiera a hablar del mar, sólo por decir un ejemplo, antes leería
toda la literatura que hable sobre eso para estar consciente de lo que
se ha dicho. Siempre procuro hacer eso, al menos dentro del marco de la
tradición occidental que es la que mayormente conozco.
—Otra de las características de tu poesía es el ritmo ¿hasta qué punto consideras importante el plano sonoro en tus poemas?
Es
fundamental para mí. Tal vez para otros poetas no lo sea tanto o,
incluso busquen romper con la sonoridad, pero yo no. Incluso es algo
que se me da de forma natural. Cuando empecé a escribir, los poemas ya
salían con un ritmo peculiar. Yo estudié música antes que estudiar
literatura y, bueno, me gustan los poemas sonoros; y cuando digo poemas
sonoros no me refiero sólo a la poesía que hace Guillén, por ejemplo,
también me gustan lo poemas que tienen un manejo del ritmo mucho más
sutil como podría ser el caso de Cernuda, o incluso el propio Sabines y
su ritmo pedestre o los ritmos mucho más delicados de Alí. Yo escribo
con las orejas, voy escribiendo los poemas y los voy cantando.