Con una carrera como la de Joe Wright, su tercer filme debía confirmarlo como uno de los directores más sólidos hoy en día. Y El solista tenía todo para lograrlo: una historia verdadera irresistible, dos de los actores más respetados en la industria… Entonces, ¿en qué falló? La trama, que sigue a un periodista que se encuentra a un violinista –antiguo prodigio, ahora esquizofrénico– viviendo en la calle y le da una segunda oportunidad, no parece llevada adecuadamente al lenguaje cinematográfico.
El guión se siente forzado, innecesariamente complicado y manipulador. Extraño. Como cuando compras un mueble y llega a tu casa con las instrucciones correctas pero las piezas erróneas. O al revés; porque la historia guardaba un mayor potencial, para ser más íntima, para explorar la razones de por qué alguien termina como un vagabundo, o intentar responder si una persona puede cambiar… Pero no. Foxx está sobrado, Wright debió contenerlo más: si su búsqueda de otra nominación al Oscar fuera un poco menos evidente, tal vez la tendría. Quizá las sensibilidades de Wright sean más apropiadas para el melodrama victoriano o al de un amor incondicional imposible, que para el Los Ángeles moderno. Las razones pueden ser muchas, pero el resultado no cambia: este es un filme que debió ocupar un lugar en las listas de lo mejor del año… no un mero pie de página en los estrenos del 2009.




