La serenata de Santa Lucía cumplió años el jueves próximo pasado. Llegó a los cuarenta y cinco, de los cuales treinta correspondieron al siglo pasado y diez al que avanza. También, veinticinco años fueron bajo administración priísta y los restantes en administraciones panistas. Han vivido de todo, orquestas grandes, pequeñas, eventos monumentales, modestos, la han visitado personajes del arte y el canto, de la política y la cultura. Son un referente y un distintivo de la ciudad. Son alabadas por conservar y difundir lo vernáculo, la música trovadora que vive, hoy, algo más de cien años. Se iniciaron un 14 de enero. Casualmente, el mismo día en que Don Mario Renato Menéndez Rodríguez celebra su onomástico. Nada más que las primeras nacieron en 1965 y el periodista, unos lustros antes.
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En sus años mozos, las serenatas tenían secciones específicas y muy interesantes. Por ejemplo, el que tenía como objetivo interpretar las suites regionales, piezas de corte académico pero inspiradas en música de nuestro folclore. Esas obras eran de músicos muy importantes de Yucatán, como José León Bojórquez o Jacinto Cuevas, para ir por lo fácil. Para conmemorar sus 45 años de vida, se le otorgó a Angélica Balado una presea promovida por la Asociación Ricardo Palmerín. Fue César Bojórquez, quien la prendió en la solapa negra de la compositora y cantante, quien dijo que se sentía extrañada de tal distinción, porque ella sólo ha escrito y dicho lo que la vida le ha dado, sin esperar recompensa alguna, pero que la conmovía y enorgullecía la medalla. Y, ¿qué creen? María Medina estuvo de invitada para cantar esa misma noche de premiación y cumpleaños. Hizo lo suyo, pero fue muy emocionante escuchar que tenía en repertorio una composición de la Balado y que la cantaría igual que lo hacía en sus giras. Comenzó su canto. Lo detuvo, paró en seco a los músicos y dijo: “Angélica, ven, cántala conmigo”. La otra, ni tarda ni perezosa, subió para elevar el nivel emotivo de la noche. Aquello fue maravilloso. Dos voces, dos estilos, dos tonos, dos volúmenes interpretando una hermosa letra de Angélica. Cada quién un párrafo. ¡Qué oportunidad más agradecible, qué gesto más distinguido y noble de María la nuestra, María de Mérida! Angélica bajó después de los bravos y los aplausos y entonces María quedó sola de nuevo, para en un paréntesis, invitar a su sobrino Cacho Medina a cantar junto con ella. Dos voces Medina, dos talentos extraordinarios, todo en un solo paquete. María habla, y se mete a la gente a la bolsa. Recuerda sus tiempos del OTI y la gente recuerda aquellos días junto con ella. Le siguen todo, por eso María suena divertida y juguetona. Canta “Compás de Espera”, que ya es canto emblemático en la voz de Medina, y lo hace con la intención de concluir su intervención de la noche. La gente no lo permite. Sube el maestro Antonio Marín, célebre conductor de las serenatas, y le pide a nuestra estrella algo más. “No es posible cerrar la noche sin ahondar en el canto de María. Ella acepta, sonríe, lo goza, le brillan los ojos del contento popular y entonces se explaya, abre los brazos para iniciar el vuelo emotivo, para hacernos contemplar la noche desde lo alto, esa noche y altura, que ella nos señala, con el índice y la mirada convertida en lucero, titiritante, regocijante e intermitente, con esa intermitencia que nos dice: aquí estoy, soy la que soy y lo soy contigo. La realidad, ella es así. Lo dice en cualquier paso, en todo texto o discurso natural, en toda alocución, frente a los magistrados o los amistados, en el arco de luz de un escenario teatral, o debajo de los reflectores de un estudio de televisión. Hemos tenido la oportunidad de decir todo lo anterior y de corroborar, el grado, el nivel de sinceridad y honestidad de toda palabra, discurso o canto de María Medina. Por eso se le quiere, por eso su permanencia en el gusto del público, por eso los turistas extranjeros la escuchan atentos y le aplauden como si hubiera cantado en inglés, alemán, francés o italiano. Santa Lucía estaba llena, lucía hermosa de tanta asistencia. Santa Lucía no había convocado un jueves más de nuestra vida contemplativa del arte. Estuve presente, aquel 14 de enero de 1965, en la primera serenata. Muchas veces más acudí a ellas. Lo hago cada vez que el trabajo lo permite, recurro a ella cuando son noches como aquella del jueves 14 de enero de 2010, para ver la Medalla de Angélica Balado y escuchar la voz de María Medina.
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