Alexandra Ferri y Roberto Bolle “Romeo y Julieta” - Fotos de Rosalie O'Connors, cortesía del ABT.
Alexandra Ferri “Romeo y Julieta” - Fotos de Rosalie O'Connors, cortesía del ABT.
Alexandra Ferri “Romeo y Julieta” - Fotos de Rosalie O'Connors, cortesía del ABT.
Escribe Célida P. Villalón, U.S.A. FUENTE: WWW.DANZABALLET.COM En el Metropolitan, donde actuaría el American Ballet Theatre, para ofrecer la última función de las siete programadas de “Romeo y Julieta”, aparecería ese día, por última vez, Alexandra Ferri, bailarina muy querida y admirada por los neoyorquinos, que interpretaría el rol de la eterna Julieta de Shakespeare. Una hilera de público frente a las taquillas, crecía por minutos. Eran los que trataban de conseguir tardíamente una entrada para la función, que se anunciaba profusamente desde hacía días como “sold out” (totalmente vendida). El día se presentaba luminoso, y la amplia plaza del Lincoln Center de Nueva York, reverberaba con el bullicio de los que se dirigían a uno de los tres teatros del vasto complejo, que funcionaban a la vez. Además, detrás de la enorme fuente de agua saltarina, había una banda que tocaba ritmos latinos, en la tradicional fiesta llamada “Midsummer´s Night Swing”, que cada año marca el inicio del verano. En el Metropolitan, donde actuaría el American Ballet Theatre, para ofrecer la última función de las siete programadas de “Romeo y Julieta”, aparecería ese día, por última vez, Alexandra Ferri, bailarina muy querida y admirada por los neoyorquinos, que interpretaría el rol de la eterna Julieta de Shakespeare. Una hilera de público frente a las taquillas, crecía por minutos. Eran los que trataban de conseguir tardíamente una entrada para la función, que se anunciaba profusamente desde hacía días como “sold out” (totalmente vendida). Las puertas se abrieron puntualmente a las 7.30 de la tarde, y una masa humana de público comenzó a entrar lentamente, y llenar a capacidad el amplio auditorio. Como se dice vulgarmente, “allí estaba todo el que fuera alguien” de la capital del mundo de la danza. Isabella Rossellini fue una de las primeras personalidades que avistamos; luego notamos al bailarín argentino Julio Bocca (compañero favorito de la Ferri por muchos años, y ya lamentablemente retirado); Joaquín De Luz, simpático bailarín español, primera figura del New York City Ballet, estaba también allí, y no nos escatimó un beso en cada mejilla. Había muchas personalidades más de distintas profesiones de la ciudad. Cerca de nuestro asiento, notamos una fila completa ocupada por la familia de Ferri, que incluían al esposo, Fabrizio, sus dos pequeñas niñas, la mamá de la bailarina, etc., etc. El rol de Julieta ─ según fuera creado por el coreógrafo Kenneth MacMillan para su afamada obra con la partitura de Prokofieff, y hermosos decorados y vestuario de Nicholas Georgiadis─, exige mucha actuación, y ha sido uno de los ballets favoritos de Ferri, quien aparte de ser una de las grandes divas de la danza, es una actriz consumada. Julieta se identifica con ella, y le da oportunidad de expresarse, ya sea danzando, o dando rienda suelta a su emoción latina. Para esta función, que sería su adiós definitivo a la escena de EE.UU., vino con ella Roberto Bolle, también italiano, y miembro del ballet del teatro La Scala, de Milán, a quien poco habíamos visto bailar en este lado del Atlántico. Es necesario explicar el impacto de Bolle en el público, apenas se abrió la cortina: Su estatura es gigantesca para un bailarín, y sus hermosas facciones y elegante porte de “danseur noble”, lo asemejan a un dios griego. Por otra parte, cuando comienza a bailar, puede decirse que su manera de definir y terminar los pasos es perfecta, igual que la forma como desarrolla los “developpés”, estirando lentamente sus largas piernas con gran cuidado, según el tiempo de la música le va dictando. Además, la conexión emocional de Ferri y Bolle sobrepasa lo usual. Hay una intensidad tal en las expresiones faciales de ambos cuando se enfrentan, igualmente que en el contacto físico, muy real y emocionante. Ferri sabe que aquella estatua viviente detendrá su vuelo, y la levantará en brazos por los aires, por lo que se arroja en ellos con total libertad. Las partes más impresionantes fueron, como eran de esperarse, los tres Pas de Deux de la pareja: la escena del balcón, el desgarrador baile en el cuarto, después de consumarse el matrimonio, y la escena de la tumba, donde ambos terminan sus vidas. La espalda de Ferri (ese “cambré” maravilloso) lo dice todo.... y sus puntas continúan siendo tan fuertes y precisas como lo fueron hace 20 años. Hubo otras actuaciones también destacadas ese día, muy merecedoras de los vítores y aplausos que recibieron, tales como la del inigualable argentino Herman Cornejo, en el rol de Mercucio, quien se precipita por los aires muy correctamente, con poca preparación, y regresa al tablado sin sonido alguno, además de que puede girar como un trompo; Jared Matthews, como Benvolio, de personalidad suave, y magnífica batería; Isaac Stappas, un Teobaldo cruel y siniestro; Carmen Corella, como una de las tres prostitutas de la feria (Kristi Boone y Melissa Thomas eran las otras), muy acertada no solo en el baile, sino en la interpretación. Por supuesto que no podíamos olvidar al nonagenario Frederic Franklin (de la era de los Ballets Russes), en su corta y siempre aplaudida actuación como Fray Lorenzo. En general, todos los personajes, principales o secundarios, dieron a la obra un realce muy especial, de acuerdo con el respeto que el momento les merecía, a lo que se unió la orquesta, bajo la batuta de Ormsby Wilkins, sonando muy ajustada en los tiempos. Pero no todo terminó con los saludos de rigor. Lo que continuaría después, valdría por sí solo el valor de la entrada: Cada bailarína o bailarín principal o solista, con el coro enmarcado al fondo de la escena, salió al proscenio y depositó un ramo de flores a los pies de la Ferri. Paloma Herrera, gran estrella argentina, fue aún más lejos, arrodillándose ante la Ferri, y colocando a sus pies un enorme ramo de flores. Cuando Bocca salió a la escena, además de la clásica ovación del público al reconocerlo, hubo una lluvia de estrellas de papel, brillantes, que cayeron sobre el enorme escenario, ya convertido en un bello jardín. Sin embargo, mucho se notó la ausencia de Ángel Corella, magnífico bailarín español, y estrella favorita de los americanos, que días antes había acompañado a la Ferri en “Manón”. Hubo también infinidad de flores y papeles cortados (imitando confettis) que el público arrojaba desde los asientos. Contamos más de 15 cortinas. Las luces del teatro se apagaban, una y otra vez, indicándole al público que se marchara a casa. Ni modo..... de allí nadie se movía. Por último, Ferri salió delante del enorme telón metropolitano, con Bolle de un lado, y Bocca, su Romeo preferido por mucho tiempo, del otro. Hubo locura colectiva en el teatro en ese momento...... Después volvió a salir con sus dos pequeñas niñas, que se encargaron de recoger las flores, una a una, que el público arrojaba sin parar. El esposo, en un gesto gracioso, se limitó a asomar la cabeza por un lado de la cortina lateral. No pudo haber un fin de fiesta mejor que esa tierna escena. Así quedó todo para la historia, y para el recuerdo de los que pudimos gozar de tan sublime momento. |