Semanas antes ya se hablaba, en foros y cantinas culturales, de la mentada antipresentación, e incluso cronistas y narradores publicaron sendas invitaciones avivando el fervor literario. Tales expectativas fluían en el ambiente ya por el propio libro o su autor, o bien por los escritores y músicos que participarían. Posiblemente la noche del 12 de diciembre hubo quien fue atraído por Juan Esteban Chávez y Joaquín Peón, que son para la literatura local algo parecido a lo que los charolastras Diego y Gael son para el cine nacional. No dudo tampoco que uno que otro se halla llegado por simpatía con Ceiba Flava y Familia 187, conocidos pioneros del rap en esta ciudad. Yo sospechaba que Juan E y Joaquín harían algo loco e irreverente, debido a su creatividad y porque Edgar les brindaba libertad para soltarse usando términos del diccionario que ya de por sí es muy locuaz e hilarante. Tras la bienvenida y brevísima lectura de la currícula del autor, Joaquín, ante nutrida concurrencia en el patio de la biblioteca José Martí, procedió a leer derroches creativos que le surgieron de la lectura del diccionario en cuestión, a través de los temas neurálgicos contenidos en él, entre los que sobresalen la droga, el sexo y la música. El empleo de términos y frases en nuevas construcciones literarias resultó, además de interesante y demostrativo, para wisharse de risa. Juan E preparó un diálogo para ser leído a tres voces por él, Joaquín y Edgar, con personajes y situaciones también para ilustrar el texto y reír como locos, acompañados por samples y música de fondo para imprimir dramatismo a las escenas que incluyeron botellas de cerveza que salieron de abajo de la mesa y chocaban en el aire para decir salud en una ficticia peda literaria. Aquí acoto para decir que particularmente creo que el uso del lenguaje en la literatura no es una mera cuestión de estilo sino de espíritu, y eso lo demostraron los presentadores que ciertamente hicieron la velada divertida y memorable. Hasta ahí lo anti de la presentación que concluyó con palabras del autor para dar paso a la música mientras la audiencia degustaba un vinito o cheva y sus respectivos bocadillos al tiempo que chan ojeaba el ejemplar que le fue obsequiado e intercambiaba comentarios y saludos, se tomaba fotografías y recababa la dedicatoria de Edgar. Para seguir con el espíritu contreras promovido por Rodríguez Cimé y porque lo bueno ha sido dicho por otros, me voy a permitir hablar un poco mal de él y su nuevo libro (no te chivees hija, es en buena onda): el autor ya cuenta su séptimo libro pero, al ser un especialista en sus temas, se torna un tanto encasillado y repetitivo. Y eso de vanagloriarse demasiado de su condición de intelectual maya contemporáneo llega a caer mal, sin embargo no se le discute, si acaso por lo de maya pues llama la atención que niegue toda clase de mestizaje en su ascendencia. Por otra parte, aunque Joaquín recomendó ampliar el trabajo hecho para el diccionario a toda el habla urbana, yo creo que, a pesar de estar limitado al lenguaje de ciertas culturas juveniles, muchas palabras y frases que aparecen en el libro han traspasado el nicho sociocultural de su gestación para volverse de uso común en círculos de cualquier gremio, sector, edad o clase de la sociedad, otras, en tanto, tienen más acepciones de las que se mencionan en el texto, mismo que se quedó un tanto corto. Por ejemplo, si alguien oye a un chavo decir que “Jorge Javier vive en el monchis time” o que “en la tocada de anoche puro poser había” y busca en el diccionario tales significados, se la va a pelar porque no los encontrará (pelársela si está). Así las cosas, la presentación fue un éxito y cumplió con las expectativas de ser la más locochona del año que ya piró. Y el x’lá diccionario vale mucho la pena leerlo de la A de abatanar a la Z de zorrear.
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