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Giselles para un solo Albrecht: Vasiliev

Giselles para un solo Albrecht: Vasiliev

Andrés D. Abreu • La Habana
Fotos: Ricardo Rodríguez y Kike (La Jiribilla)

 

Haber bailado en Cuba en 1980 con Alicia Alonso, que fue bailar con la Giselle misma, debió ser determinante para que el Ballet Nacional de Cuba decidiera homenajear a Vladimir Vasiliev con una especial función del clásico que mejor distingue a la compañía cubana.

Giselle, como suceso danzario, tiene  dentro de la historia del ballet en Cuba una singular magia añadida que la sostiene más allá de  las particularidades generacionales que la interpreten: un encanto y una voluntad de danzarse e interpretarse divinamente que la elevan sobre toda realidad y tiempo, y esa preeminencia también la califica como  la mejor dádiva de la compañía cubana para alguien tan  magno como el bailarín ruso Vladimir Vasiliev.

Para la exclusiva ocasión de esta presentación homenaje se decidió que los roles protagónicos de Giselle y Albrecht fuesen asumidos por diferentes parejas en cada uno de los actos de la pieza coreográfica versionada por Alicia sobre el original de Jean Coralli y Jules Perrot. Las primeras figuras del elenco cubano Viengsay Váldes y Elier Bourzac, en el primer acto, y Anette  Delgado y Javier Torres, en el segundo, fueron los elegidos para protagonizar esa continuidad heterogénea de la magia ante las ilustres presencias de Alicia  y Vasiliev.

La noche del 2 noviembre se convirtió entonces en un nuevo reto para el Ballet Nacional de Cuba, ejecutado muy cerca de la excepcionalidad que se le exige. El cuerpo de baile tuvo un aporte remarcable no solo en ese alucinante desempeño de las “Wilis” en el segundo acto sino también en la corrección necesaria de la festiva primera parte donde los amigos y amigas de Giselle bien merecieron sus aplausos, sobre todo el cuarteto masculino no solo hizo anuncios de posibilidades técnicas sino que cuidó en su generalidad la homogeneidad de grupo aún cuando ciertas evoluciones de Osiel Gounod excedieron en amplitud al resto de sus compañeros. 

La función contó con un Hilarión bastante desencartonado como personaje, tal vez el más creíble y humanamente consonante de los últimos tiempos. Ernesto Díaz venció ciertos ademanes miméticos con los que habitualmente se caracteriza al rudo campesino enamorado e hizo bastante de lo suyo por lo que  pudiera devenir en otro recordable  representante de esa interpretación dentro de la historia del BNC, mientras Yanela Piñera, en su progresión de técnica y carácter, también encamina su nombre al sublimado recuerdo de trascendentales protagonistas de Mirtha, reina de las “Wilis¨.

En los Albrecht del Homenaje a Vasiliev vale destacar al joven Bourzac bien armado como príncipe, resolviéndose con presunción y buen hacer desde la entrada hasta ese punto de tránsito de la pieza a la total tragedia. Si la demencia y el desplome mortal de Giselle deciden mucho sobre la escena cubana, lo que sucede junto a su locura y después de ella exige un nivel de organicidad dramática que acumule tensiones alrededor de esa sucesión de clímax y catarsis. Hasta el cierre del telón del primer acto tiene que sentirse palpitar a un Albrecht que luego en las penumbras del bosque se arriesgará a morir  por encontrar el perdón de su amada, labor que le fue encargada como mejor histrión a Javier Torres.

De las Giselles, no se si Vasiliev las hubiese preferido cada una de ellas para una noche entera; tal vez esté imaginando a Viegnsay Valdés devenida en Wili tras ese cuidadoso primer acto explícito de la  maduración de su danza hasta una ajustada concurrencia de sus más loadas condiciones, como ese girar espléndido desde todas sus maneras, posiciones y evoluciones, con un perfil escénico mucho más sosegado e introspectivo que le permitieron ser débil incluso en los instantes más exigentes de una fuerza técnica y en correspondencia alcanzar un trazado más que somático de su locura y bella muerte.

Anette, por su parte, aterra y seduce  al construirse y bailar bajo ese halo de mórbida entelequia celestial que circunda a Giselle tras emerger de su tumba para ser iniciada en el reino de las Wilis. Parece imposible que su cuerpo asuma la fragilidad de un pétreo cristal y se mueva con una habilidad etérea que nos llevan a sentir la condición inhumana que exige su representación. Tanto cuidado hasta en la posición más extrema del cuerpo y el gesto, tan volátil en los saltos, tan ágil y precisa en las ejecuciones de sus piernas que obliga a la aparición del desasosiego de lo increíble. Ese hermoso miedo pudiera estar conviviendo todavía en las evocaciones de un excepcional partenaire como Vladimir Vasiliev, una aprehensión feliz tras haber sido el Albrecht de Alicia y ahora llevar consigo el recuerdo de otras dos divinas Giselles. 


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