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GISELLE: En Homenaje a Vladimir Vasiliev


En nuestro lugar, Vasiliev

Miguel Cabrera • La Habana

Fotos: Nancy Reyes y Kike (La Jiribilla)

 

 GISELLE: HOMENAJE A VLADIMIR VASILIEV

 

Su fama era ya conocida en Cuba, luego de obtener en 1964 el codiciado Grand Prix en el Primer Concurso Internacional de Ballet de Varna, y el Premio Nijinski, en el Festival de París. El reclamo de su presencia en los escenarios cubanos se hizo cada vez mayor, pues los elogiosos comentarios de la crítica que recibía y su aparición en el filme El caballito jorobado, lo mostraban como un poderoso bailarín al que había que ver y admirar.

La noche del 16 de junio de 1967, durante el III Festival Internacional de Ballet de La Habana, la sala García Lorca fue testigo del acontecimiento. Al abrirse la cortina apareció en la escena un apuesto bailarín, alto, de dorada cabellera y dinámicos movimientos, caracterizado como el Duque Albrecht. Recibió de inmediato una cerrada ovación. Era Vladimir Vasiliev, quien junto a su inseparable compañera en la vida y en el arte, Ekaterina Maxímova, encarnarían los roles protagonistas de Giselle, acompañados del resto del elenco del Ballet Nacional de Cuba. 

Fue una noche muy especial, porque no es habitual que en ese clásico del romanticismo, la figura masculina logre ocupar la mayor atención del público y más si se tiene en cuenta que a su lado brillaba una aldeana-wili del fuste de la Maxímova. Su impecable desempeño como partenaire, la frescura de su pantomima, la brillantez técnica de sus solos y la manera personalísima en que se ajustó a los reclamos estilísticos de la obra, convirtieron a su personaje en una experiencia escénica inolvidable.


Años más tarde, comprendí por qué el prestigioso crítico Olivier Merlin, al verlo en ese mismo rol durante sus actuaciones en París, al final de la década de los ochenta, no vaciló en elogiarlo en términos poco usuales para un protagónico masculino del romanticismo. "¡Sublime Vasiliev!", lo llamó desde su leída columna del diario Le Monde.

Sus éxitos en esa primera visita a Cuba, que incluyeron también Melodía, de Gluck, tuvieron su punto cimero en el pas de deux Don Quijote, también junto a Maxímova. El desempeño de Vasiliev, tanto en el adagio como en las variaciones y la coda, de manera especial con sus vertiginosas secuencias de vueltas en attitude en perfecto eje, provocaron un verdadero frenesí. 

Trece años tuvieron que pasar para volver a tenerlo entre nosotros. En ese periodo sus triunfos internacionales alcanzaron los niveles más altos, como máxima estrella masculina del Ballet Bolshoi en los grandes clásicos y en el Espartaco, de Grigorovitch; como estrella invitada de prestigiosas compañías y festivales en todo el mundo. Ostentaba ya el honroso título de Artista del Pueblo en su patria: la Unión Soviética, a la que nunca abandonó a pesar de recibir las más tentadoras ofertas para que lo hiciera. 

La noche del 31 de octubre de 1980 marcó un hito en la historia del Festival habanero, pues en ella se unieron por única vez en la escena Alicia Alonso y Vasiliev, para entregarnos una Giselle histórica. Con muy pocos ensayos, los mínimos para ajustar sus entradas, sus relaciones con el cuerpo de baile y en especial los pas d’action y los pas de deux con la Alonso, el máximo representante de la escuela soviética asumió el reto de acompañar a la que se consideraba la más grande Giselle de nuestra era y figura cimera de la escuela cubana de ballet.
 

Sobre la escena de la sala García Lorca creció la magia. Si como partenaire fue modelo de precisión, en sus solos, especialmente aquellos en que se debatía entre la culpabilidad y el arrepentimiento, fue nuevamente el Vasiliev sublime, que la crítica mundial no dejaba de situar entre los más grandes bailarines del siglo XX. Tuve el privilegio de acompañarlo a la salida del teatro y para sorpresa comprobé que le era necesario apoyarse en mi hombro para bajar de su camerino, en la planta alta del teatro y llegar hasta el auto que lo esperaba. La cara angustiada de Maxímova me hizo comprender que algo extraño sucedía. Al recibir los aplausos del numeroso público que lo esperaba por la calle Consulado, transformó el dolor visible en su rostro en una cálida sonrisa. Firmó autógrafos y se despidió de la manera más afable. Al día siguiente supimos que había bailado con los meniscos quebrados y que partía rápidamente para ser intervenido quirúrgicamente en Moscú. Sin duda alguna, habíamos sido testigo de una noche excepcional por múltiples razones.
 

El aura de Vasiliev siguió gravitando sobre nosotros, al conocerse sus continuos triunfos en su doble faceta de bailarín y coreógrafo. Un nuevo Festival Internacional de Ballet lo trajo a La Habana en 1986, ocasión en que nos dio a conocer, un fragmento de Aniuta, ballet con música de Valeri Gavrilin, creado por él poco antes. Fueron sus últimas actuaciones en Cuba, pero ello no significó su alejamiento de nosotros, porque seguimos muy de cerca sus posteriores desempeños. En la Gala del 1ro. de enero del 2007 se le concedió el Premio Anual del Gran Teatro de La Habana, en reconocimiento a su valiosa contribución a ese importante centro artístico, y aunque no pudo estar presente para recibirlo, al anunciarse su nombre una cerrada ovación confirmó la vigencia de su arte entre nosotros.

Un nuevo encuentro con él tendría lugar veintidós años después, en la misma escena donde lo vimos por vez primera, en otra memorable ocasión: la Gala por el 65 aniversario del debut de Alicia Alonso enGiselle, celebrada el 2 de noviembre del 2008. Junto a Cyril Atanassoff, ex bailarín estrella de la Ópera de París y su compatriota Azari Plisetski, participó en un pas de trois delante de cortina, en el cual los tres le rindieron pleitesía a la gran bailarina cubana, de manera especialmente emotiva y jocosa.
 

Ahora, lo hemos tenido nuevamente entre nosotros, para festejar su 70 cumpleaños, acontecimiento fechado el 18 de abril y que ha sido celebrado con gran entusiasmo en diferentes partes del mundo. El tributo nuestro aconteció anoche, con una gala dedicada a Giselle. Fue una noche llena de recuerdos, en que un público devoto, antiguo y renovado, supo honrar a quien ocupa, por derecho propio, un singular sitial en la historia de la danza escénica nuestra y mundial.

Publicado en Granma.


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