Al terminar de ver este filme, caí en la cuenta de dos cosas. Primero, las muchas buenas películas que jamás se harán si Joaquin Phoenix en realidad se retiró de Hollywood: su actuación aquí es notable. Segundo, que los programadores de Cannes acertaron al identificar algo genuino en la visión de James Grey, cuyas últimas tres cintas –ésta, The Yards y Dueños de la noche–, han sido nominadas a la Palma de Oro. Aquí, el realizador neoyorquino se aleja de los ambientes mafiosos y narra, pausadamente, a la sazón del cine europeo, la historia del taciturno Leonard, un tipo a quien su prometida dejó y ahora vive en la casa familiar, tomando fotos, en perpetua depresión.
Leonard se relaciona entonces con la hija de unos amigos de sus padres, Sarah, que busca salvarlo; pero en realidad está enamorado de Michelle (una despampanante y certera Gwyneth Paltrow), quien a su vez está infatuada con un hombre casado. A pesar de retratar el Brooklyn contemporáneo, Grey infunde en su cinta un aliento a añejo, a clásico, y revela sutilmente –me recordó a las Memorias del subsuelo de Dostoievski por su visión irónica sobre las ridiculeces del mundo– cómo Leonard revive poco a poco impulsado por ese bálsamo y veneno que rige la vida de todo hombre, el deseo carnal. Más que recomendable.