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Cholo me enseñó el amor por la profesión

Marisa Rubio

09/08/2010
Fuente: Diario de Yucatán


 

Iniciaban los años 90. Yo tendría unos 22 años y desde niña mis inquietudes por el teatro fueron muy marcadas. Para este momento ya había participado en varias obras independientes y mi espectro empezaba a ampliarse: convivía con actores, bailarines, directores... y esa convivencia me llevó al teatro regional.
 
Freddy Fuentes, que en paz descanse, con quien trabajaba en el espectáculo de danza teatro “Gran bataclán” me dijo un día: “¿Quieres trabajar con 'Cholo'?”
 
Yo sin pensarlo dije que sí, y así comenzó una aventura, la de “bataclana”, pues ésa era mi participación en “Cholo voto con mi foto”. Bailaba cancán, acompañaba a “Tanicho” como modelo mientras él cantaba divinamente “Malagueña” y me echaba una buena jarana con todo el reparto al final del espectáculo.
 
Ahí conocí a don Héctor Herrera, ¡qué señor! Llegaba puntualísimo a todas las funciones, que eran en el teatro “Herrera” de martes a domingo, dos diarias. ¡No lo podía creer!, estaba trabajando en un teatro toda la semana, en la Meca del Teatro Regional de Yucatán, con la sala llena la mayoría de las veces…
 
¿Quiénes iban al teatro en martes, en miércoles..? El pueblo, los yucatecos, la gente de la ciudad y del interior, que con esfuerzos se trasladaban desde los municipios para ver lo que “Cholo” les tenía preparado, llegaban con alegría y emoción a ver su teatro, a oír sus canciones, a disfrutar sus sketches. ¡Ése era un auténtico teatro de revista!, con todas las de la ley.

Yo miraba todo, aprendía de todos, pero don Héctor siempre fue muy especial, con un talento extraordinario, una elegancia, un respeto absoluto por el escenario y por todos los actores de su reparto; jamás le escuché decir una sola mala palabra y en el escenario menos, era religioso con su trabajo, impecable y absolutamente respetuoso con los demás. Su comicidad era pulcra, matemática; su respeto por el espectador, inquebrantable. Ahí conocí el oficio de ser actor, en el trabajo, en las tablas, viendo cómo un hombre maduro con muchos años de experiencia se acercaba con respeto al escenario y cuando lo tomaba se convertía en mago, en hacedor de risas y la gente se le entregaba… ¡Cómo lo querían! ¡Cómo le aplaudían! La relación actor-espectador, de la que tanto hablé con mis maestros en la universidad algún tiempo después, estaba ocurriendo frente a mis ojos, de una manera honesta, auténtica.

“Cholo” era la voz del pueblo, una voz digna y pícara, mas nunca vulgar; era el huiro suspicaz, inteligente, crítico y mordaz. Hizo lo que quiso, se trasvistió miles de veces, desde villanas de telenovela hasta políticos. Y siempre le creímos todo, yo me escapaba de mi camerino para verlo (creo que vi todos sus sketches durante toda la temporada), era mágico reírse una y otra vez, pues su trabajo era de una frescura infinita… ¿Quién me diría que ésa sería la antesala de otro encuentro importante en mi vida? Otro comediante espectacular y gran actor: Héctor Suárez, con quien actualmente comparto el escenario y de quien he aprendido muchísimo. También conoció a “Cholo” y trabajaron juntos en las películas de Gustavo Alatriste. Suárez me dijo: “Era un gran actor, adorable, lo vamos a extrañar”. Y sí que lo extrañaremos… Después de todo este tiempo —hice una carrera universitaria de teatro, stand up, cabaret, teatro contemporáneo, del Siglo de Oro español, teatro isabelino, televisión, cine, publicidad, locución— me doy cuenta que con “Cholo” aprendí lo que no se aprende en ninguna escuela: amor por la profesión, respeto por el escenario y gratitud al espectador.

¡Gracias don Héctor!— Ciudad de México, agosto de 2010


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